A 30 años de los dos partidos más bizarros de la Selección Argentina

En el glorioso currículum de la Selección Argentina hay dos partidos -encima consecutivos- que deberían ser declarados los más bizarros o insólitos. Este sábado se cumplirán 30 años del primero, jugado el 25 de septiembre de 1991 contra Resto de América, un nombre demasiado pomposo para el equipo de emergencia que se presentó en un Monumental semivacío, acorde a la falta de pedigrí del rival. Lo curioso fue que la anomalía -o el mamarracho- se duplicaría al mes siguiente, el 29 de octubre de 1991, cuando Argentina jugó ante Resto del Mundo, una formación tan improvisada que medios nacionales e italianos la calificaron como “Restos del Mundo”.

Por supuesto, también hay gente que la pasó muy bien en aquellos partidos, por ejemplo sus jugadores, y en especial quienes fueron citados de improviso para completar el equipo, como cuando a último momento se caen algunos amigos del picadito de fútbol 5. Treinta años después de aquel peculiar Argentina-Resto del Mundo, el ex futbolista uruguayo Daniel Sánchez, entonces defensor de Danubio, lo recuerda desde Montevideo como uno de los mejores días de su carrera. Todo fue tan extravagante, emparchado y a las apuradas que Sánchez se despertó, desayunó y almorzó en su casa montevideana sin saber que en un puñado de horas, a las 6 de la tarde, estaría jugando al otro lado del Río de la Plata, en el Monumental de Buenos Aires.

“Me llamaron por teléfono y me dijeron que tenía que tomar un avión en una hora y media para jugar en la cancha de River. Pensé que me estaban cargando y no le di importancia”, recuerda ‘Pecho’ Sánchez, pieza clave de un gran Danubio, el campeón uruguayo de 1988 y el primer equipo chico de su país, al año siguiente, en llegar a las semifinales de la Copa Libertadores. “Pero enseguida me enteré de que también habían llamado a dos compañeros míos de Danubio, (Eber) Moas y el Pompa (Edgar) Borges, que acababa de pasar a Nacional. Ellos habían salido a Buenos Aires en un vuelo anterior. Armé el bolso y salí rajando para el aeropuerto de Carrasco, en Montevideo”, recuerda Sánchez, que jugó 25 partidos para la selección uruguaya entre 1988 y 1993.

VIDEO: Argentina vs. Resto del Mundo (1991)

Para que los organizadores de un equipo llamado Resto del Mundo tuvieran que llamar de imprevisto a Moas, Borges y Sánchez -que no habían jugado para Uruguay en el Mundial de Italia 90 pero sí en la reciente Copa América de Chile 1991, tres meses antes de este experimento-, algo había tenido que salir mal. O muy mal. De los 30 futbolistas incluidos en el programa oficial que se repartió en el Monumental esa misma tarde -casi todas estrellas mundiales, acorde al nombre del equipo-, al campo de juego sólo ingresarían seis.

En concreto: en la gacetilla distribuida en la sala de prensa figuraban las presencias del cerebro alemán Lothar Matthäus (entonces en el Inter), el todoterreno italiano Carlo Ancelotti (Milan), el delantero camerunés François Oman-Biyik (Cannes), el arquero belga Michel Preud’homme (Malinas), el mítico argelino Rabah Madjer (Qatar SC), los delanteros brasileños Bebeto (Vasco da Gama) y Muller (São Paulo), nuestro nuestro conocido Enzo Francescoli (Cagliari) y el también uruguayo Daniel Fonseca (Cagliari). Ninguno de ellos llegó.

Incluso, algunas semanas antes, los organizadores se habían pavoneado con las presencias del irascible francés Éric Cantona (Nimes Olympique), el torpedo alemán Rudi Völler (Roma), el genio holandés Ruud Gullit y su compatriota Frank Rijkaard (ambos en el Milan), el joven yugoslavo Zvonimir Boban (Bari), el goleador francés Jean-Pierre Papin y el motor inglés Chris Waddle (ambos en el Olympique de Marsella), el cerebro húngaro Lajos Détári (Bologna) y el icónico lateral brasileño Junior (Flamengo).

Semejante constelación de estrellas hacía acordar a uno de los grandes amistosos de la selección, el primer Argentina-Resto del Mundo, jugado en 1979 como festejos del primer aniversario del Mundial 78. Al Monumental, esa vez, sí habían llegado los mejores jugadores del planeta, como los italianos Paolo Rossi y Marco Tardelli, el francés Michel Platini, el polaco Zbigniew Boniek, el holandés Ruud Krol y los brasileños Emerson Leao, Zico y Toninho Cerezo.

Encima, como gran parte de la recaudación y las ganancias del Argentina-Resto del Mundo de 1991 serían a beneficio de la lucha contra el SIDA, el partido fue declarado de “interés nacional” por el ministro de Salud del gobierno menemista, Avelino Porto. Todo parecía concluir en un gran éxito, por la nobleza de su propósito y por el espectáculo deportivo, si hasta la selección argentina acababa de ganar la Copa América después de 32 años. Los derechos televisivos fueron vendidos a Italia, Brasil, Estados Unidos, Tailandia, Japón, Corea del Sur, Angola y Emiratos Árabes. Lo que nadie contaba es que los organizadores (de una agencia de publicidad llamada Graphic, a cargo de Oscar Frenquelli y Juan Carlos Cazaux) resultaron ser unos absolutos improvisados. Horas antes del partido, la desesperación era tan absoluta que no sabían cómo completar los 16 jugadores de Resto del Mundo, los 11 titulares y 5 suplentes que se estilaban en la época.

De la lista original, sólo habían llegado el chileno Iván Zamorano y el uruguayo Diego Rodríguez (ambos del Sevilla), el rumano Miograd Belodedici y el yugoslavo Dejan Savićević (los dos del Estrella Roja, vigente campeón de Europa), y los estadounidenses Tony Meola (Fort Lauderdale Strikers) y Marcelo Balboa (San Francisco Bay Blackhawks). Estos dos, felices de sumarse al fútbol profesional y tras las promesas incumplidas de los organizadores, se habían pagado los pasajes con sus tarjetas de crédito. Entonces la gente de Graphic comenzó con una vertiginosa doble búsqueda: 1) extranjeros que jugaran en clubes argentinos y, 2) extranjeros que llegaran al país en un puñado de horas, o sea brasileños, uruguayos y chilenos. Así fue contactado Sánchez.

“Ese día fue una película”, retoma el entonces jugador de Danubio, también con currículum en Peñarol. “Creo que apuré hasta al piloto del avión para no perderme el partido, yo estaba encantado. Llegué a Buenos Aires, al Aeroparque, y pedí un taxi. Le dije al conductor ‘al Monumental que tengo que jugar un partido histórico, lo más rápido posible por favor’. El taxista, un crack, no me creía, iba despacio, pero cuando se dio cuenta de que no era una broma, le metió pata con todo. ¡Un fenómeno! El partido ya estaba empezando”.

Las crónicas de la época no sólo aseveran que Sánchez llegó al Monumental a las 17.38, o sea 22 minutos del inicio del partido. También, que los porteros de River no lo dejaban pasar: “Yo era un cualquiera con un bolso”, recuerda el defensor de la selección uruguaya. “Lógicamente no me conocían. ‘Vengo a jugar, soy Daniel Sánchez’, les dije. Los encargados empezaron a ver los nombres de los invitados y al final me encontraron. Fui hasta el vestuario y me recibió Telé Santana -emblemático entrenador brasileño, entonces en São Paulo-. Qué tipo espectacular. Me dijo ‘ahí tenés tu ropa, preparate que ya estamos’. Qué fiesta”.

Argentina vs. Resto del Mundo (1991)

Contrarreloj, Sánchez se convirtió en el decimoquinto y último jugador en sumarse a Resto del Mundo. A los organizadores les faltó uno para llegar a los 16 que debían completar el banco de suplentes. El operativo reclusión de jugadores había sido incesante en aquellas horas. El crack uruguayo Rubén Paz, en Racing, había concurrido ese mismo martes al mediodía al programa Fax, conducido por Nicolás Repetto, hincha de la Academia. Lo contactaron sobre la hora y partió al Monumental. ¿Vélez tenía un lateral derecho uruguayo, Carlos Vázquez, ex Racing? También, al Monumental. ¿El tercer arquero de Argentinos Juniors, Efford David Chabala, de Zambia, estaba entrenando en los bosques de Palermo? A buscarlo para sumarlo a Resto del Mundo, si además sería el único africano. Y así como Moas, Borges y Vázquez llegaron de Uruguay, el delantero Hugo Rubio, de Colo Colo, también llegó desde Chile, y Vasco da Gama aportó a los brasileños Bismarck y Carlos Alexandre Torres (hijo del mítico Carlos Alberto, campeón del mundo en 1970).

Los organizadores también tuvieron que encontrar un árbitro de apuro: caído el anunciado originalmente, el danés Peter Mikkelsen, terminó siendo el argentino Abel Gnecco. Los árbitros asistentes, entonces llamados jueces de línea, serían dos amigos de la casa: Juan Bava y Juan Carlos Crespi. Hasta las camisetas fueron conseguidas de apuro, marca Unisport. Las excusas por la pobre convocatoria de jugadores resultaron inevitables. Casaux dijo que el dueño del Milan, Silvio Berlusconi -luego jefe de Gobierno de Italia-, había comprometido a Ancelotti a cambio de una visita del equipo a Argentina, pero le falló.

“Enseguida entramos al campo de juego y nos sacamos las fotos”, retoma Sánchez, quien comparte por WhatsApp una de ellas, la que reúne a los cinco uruguayos, o sea el 33 por ciento de Resto del Mundo: Moas (que al año siguiente jugaría en Independiente), el propio Sánchez, Borges, Paz y Vázquez. El plantel se completó con dos brasileños, dos chilenos, dos estadounidenses, un rumano, un yugoslavo, un zambiano y un español, que posaron colectivamente. De fondo, las tribunas vacías del Monumental, con menos de 10.000 personas, la mayoría de ellos invitados.

Argentina vs. Resto del Mundo (1991)

La falta de seriedad del rival no afectó el compromiso de una gran Selección Argentina. Ya sin Diego Maradona ni Carlos Bilardo desde Italia 90, el ciclo de Alfio Basile sumó un nuevo triunfo, 3-0, con dos goles de Diego Latorre y Leonardo Rodríguez. Jugaron algunos viejos caciques, como Oscar Ruggeri (entonces en Vélez) y Sergio Goycochea (Brest de Francia), y debutaron Fabián Carrizo (San Lorenzo), Diego Soñora (Boca, padre de Alan y Joel) y Esteban González (Vélez).

“Ese equipo de Argentina era buenísimo. Después nos fuimos al Sheraton y compartí una cena espectacular con Ruggeri y Zamorano, dos monstruos. Por supuesto no deben acordarse de mí, pero qué bien la pasé, fue un lujo. Volví esa misma noche a Uruguay. Y encima me pagaron. Un viático, nada del otro mundo (según crónicas de la época, 300 dólares), pero algo razonable. Fue la única vez que jugué en la cancha de River. Que me quiten lo bailado”, dice Sánchez, que volvió a jugar para Uruguay la Copa América siguiente, la de Ecuador 93, y también las Eliminatorias al Mundial 94. En ese proceso, el defensor volvería a enfrentar a Argentina al año siguiente, pero ya para la Celeste, en un amistoso 0-0 en el Centenario.

Julio Grondona, el presidente de la AFA, intentó escapar del papelón. “Cómo íbamos a decir que no a una causa tan noble. Y además este partido ya terminó, y cuando algo termina, termina”, dijo como punto final. Lo curioso es que, un mes atrás, en septiembre, Argentina ya había jugado un partido similar ante Resto de América, el partido en el que la Selección debía festejar ante el público la Copa ganada en Chile. Más allá del triunfo 2-1, había sido otro fracaso, el primero de la serie, con sólo 5.000 entradas vendidas y un rival que había anunciado con las grandes figuras del continente y terminó integrado por futbolistas de buen nivel pero no de primera línea internacional. Una curiosidad: Rolando Mannarino, delantero de Gimnasia, debutó en la Selección en ese partido y repitió ante Resto del Mundo, sus únicos dos partidos para Argentina, ninguno de ellos oficiales.

Según reportes de la época, los organizadores no quisieron pagarle a Chabala, el arquero zambiano que moriría trágicamente dos años después, en un accidente de avión de la selección de su país. Otros jugadores se llevaron la camiseta de Resto del Mundo a su casa y todavía la guardan, como Sánchez, el último invitado al partido más extravagante de la selección.