El cierre de fronteras con Brasil y Paraguay no impide el pase ilegal de personas y el contrabando

Si los pasos limítrofes de Misiones tienen que compartir cartel con la Triple Frontera, no les quedará mucha opción más que pelear por el segundo puesto. El protagonismo será del territorio donde confluyen los tres países, la Argentina, Brasil y Paraguay, separados apenas por los ríos Paraná e Iguazú. Esa zona tiene una particularidad: cualquier cosa se puede comprar desde cualquiera de los tres países y retirarla en la plaza de cualquier otro sin pagar un solo impuesto ni declararla en ningún lado. Pero si el viajero apenas se traslada cerca de 100 kilómetros, no es necesario que le encargue nada a nadie. En el oriente, en el rincón argentino que primero ve la salida del sol, hay dos localidades en las que Brasil y la Argentina están unidas por una frontera seca. En ese lugar, la frontera es una ficción.

“Brasil nos ha perjudicado a todos; hizo que a quienes tenemos frontera con ellos se nos complique la situación”, dijo días pasados a la prensa la directora de Migraciones, Florencia Carignano. Si la funcionaria pasara por aquel límite internacional podría comprobar que, más allá de que Brasil haya hecho poco, el Gobierno también ha permanecido quieto ante la pandemia, que en el país vecino ya cuenta con 19.089.940 contagios y 533.546 muertes. Las puertas están abiertas de los dos lados. La primera ciudad binacional de aquella frontera es San Antonio-San Antonio Do Sudeste, que se separan por un cañadón y un pequeño riacho. Y la segunda, Bernardo de Irigoyen, que se llama Dionísio Cerqueira al otro lado de la calle. El único lugar de la Argentina donde con solo bajar el cordón de la vereda se estará en otra ciudad y en otro país. En esos dos lugares no es necesario encargar una mercadería a alguien para que la pase de contrabando: solo hay que cruzar la calle y comprar en Brasil. Y regresar a plena luz del día.

La Triple FronteraSin turismo internacional a Puerto Iguazú le falta el alma. Así, como de brazos caídos, está la ciudad que es punto de acceso a una de las atracciones turísticas más importantes del mundo: las Cataratas del Iguazú. Esa parte de la vida de la ciudad está interrumpida desde que se cerraron los pasos internacionales y se prohibió el ingreso de turismo al país. Lo que nunca se interrumpió es el comercio y el contrabando, que históricamente fueron una característica del lugar. En esa zona donde confluyen Puerto Iguazú, Foz de Iguazú y la paraguaya Ciudad del Este se emplaza la principal puerta de ingreso a la Argentina. El Puente internacional Tancredo Neves, ubicado sobre el río Iguazú y también llamado Puente Internacional de la Confraternidad, fue inaugurado en 1985. Ese es el camino que debe recorrer todo argentino que quiera llegar a comprar electrónica a Paraguay, ya que no hay comunicación directa desde el país con tierra paraguaya. El paso por Brasil es inevitable.

Según datos de 2018 de la Dirección Nacional de Migraciones, ese paso fronterizo fue el más importante del país, con 11,24 millones de personas que lo cruzaron. Tal es el tamaño del tránsito que superó ese año a Ezeiza, donde arribaron 10,7 millones de personas y representó cinco veces más que Gualeguaychú-Fray Bentos, con 1,9 millones de cruces por año. ¿El motivo? El comercio y el turismo, pero, sobre todo, el primero. Y cuando se habla de esto vale para dos grandes rubros: el legal y el ilegal. Actualmente, el Puente Tancredo Neves está abierto solo para el transporte de cargas. No se permite el paso de ningún tipo de turista ni vecino que quiera ir de un lado a otro de la frontera. “Solo pasan los que tengan documento brasileño y estén de regreso al país”, dijo un gendarme. Aquella deferencia migratoria no es recíproca, es decir, no dejan entrar argentinos que estén del otro lado de la frontera. Siempre, claro, por disposición argentina. Brasil no cerró sus fronteras. Sí lo hicieron los vecinos, por la proporción de la pandemia en ese país. A un lado del paso internacional, decenas de camiones esperan su turno. Una de las principales rutas del Mercosur nunca detuvo el flujo de cargas. Un playón abarrotado da cuenta de ese tráfico.
Distinto es el caso del comercio internacional. Esas 30.797 personas que cruzaban a diario por el puente, en promedio según el último dato oficial, no solo hacían turismo, sino que pasaban mercadería de un lado a otro. El negocio del bagayeo tuvo que buscar nuevas rutas. La ministra de Seguridad, Sabrina Frederic, fija la vista en el contrabando de soja. Dice que, por ahora, Salta es la provincia más importante en la que se da ese comercio. “Misiones representa el 15% de la soja que se decomisa por este tipo de procedimientos. Si bien ha crecido, el principal problema se da en la frontera norte, en Salta”, sostiene. Hoy es posible pasar a cualquiera de los dos países vecinos por el río sin dejar ningún rastro. El camino es por el agua, por alguno de las decenas de puertos clandestinos que hay entre la Argentina y Paraguay. Y, de ahí, a Brasil.
“Se habla mucho de Puerto Iguazú, pero es una frontera más formal -dice Patricia Bullrich, exministra de Seguridad-. Está formalizado el paso con documentación. Existen problemas cuando hay un cambio en la cotización del dólar. En Posadas, por ejemplo, por WhatsApp pedían el material para una casa y lo pasaban en barco. Pero esa zona sí es complicada por la marihuana. Es una provincia donde se ingresa mucha de la marihuana que se consume en el país, eso no se trafica desde acá para el mundo como sucede con la cocaína, que entra en mayor medida por Salta. Es una zona de marihuana, rara vez pasa otra droga”. La complicidad de la política, el Poder Judicial y las fuerzas de seguridad es, en gran parte, el escudo del delito. Cuando se llegó a uno de los territorios del contrabando y el narcotráfico. En medio del Barrio Santa Rosa, y con la excusa de construir un club de pesca, se terminó un trabajo de movimiento de suelos que finaliza con una calle de hormigón que termina en el río Paraná, en el límite con Paraguay. Algo así como una explanada para bajar la embarcación. Terminaba la tarde y todo era una romería de contrabando. Camino al lugar se sucedían los bagayeros y los hombres mulas con cubiertas o cajas apoyadas en la espalda. Subían, claro está, ese camino que lleva al río. Ni bien pisó ese lugar, se encendieron las alarmas. Un adolescente, algo así como una “campana”, se abalanzó sobre el equipo y no se separó un minuto. Miró cada movimiento y controló cada toma. En el Paraná, el tráfico de pequeñas lanchas era incesante. Cuentan que, por la noche, siempre que esté sereno el río, es el momento de mayor tráfico. El joven no se despegaba, aunque tampoco intimidaba. Pero llegó un refuerzo. Otro con un porte bastante más determinante y cara de esas que más que amigos tienen cómplices indicó la salida. “Hay que cerrar, se tienen que ir. A esta hora se cierra todo”, mintió. En rigor, era la hora de abrir para los propios. Remontada la barranca se dejaba ver una playa de transferencia llena de mercadería y decenas de bagayeros a la espera del próximo envío. Fue necesario subir por una calle en mal estado y retomar el camino plano antes de que cierre la noche. Luego llegó el momento de dar unas vueltas sin rumbo para tratar de quitarle incentivo a una moto que se siguió.

La destrucción del turismo como gran empleador en la zona empujó a muchos habitantes al bagayeo. Solo es necesario enviar un mensaje de texto a cualquiera de los que van y vienen en busca de ganar unos pesos y colocar el link con el producto copiado de las páginas de Paraguay y Brasil, que ofrecen todo en línea. Luego, esperar. El “correo” solo tiene que salir del país ilegalmente, comprar en el negocio referido y regresar. La comisión, 30% del producto. No hay regalos por estas tierras, pero sí una enorme variedad de productos que en la Argentina no se ven desde hace años. Desde computadoras hasta zapatillas o cualquier producto para la casa. La góndola es más colorida que las tenues argentinas; la pandemia y los cuidados quedan para otro momento. Acá hay que ganarse el pan. San Antonio y Bernardo de IrigoyenEnseñan en las escuelas que la Mesopotamia, compuesta por las provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones, está toda rodeada de ríos. Es casi una verdad, salvo por un puñado de kilómetros que hay en el oriente del país, donde no hay accidentes geográficos que marquen el límite. “Entre las nacientes del río San Antonio y las del Pepirí Guazú, al este de la localidad de Bernardo de Irigoyen, punto extremo este del territorio continental americano argentino, se extiende la llamada “frontera seca”, que tiene aproximadamente 30 km de extensión”, la describe el Instituto Geográfico Nacional en su Atlas Nacional Interactivo, publicado en julio de 2020. En ese límite seco es posible pasar de un lado a otro sin que se inmute el límite de 600 pasajeros diarios que el Gobierno impuso en Ezeiza. Aquellas palabras del presidente Alberto Fernández acá resultan una ficción. En San Antonio hay un paso internacional en medio de la ciudad. Está cerrado y no es posible siquiera el paso de carga. Pero eso es lo formal. A cada lado de ese camino, los habitantes de la zona, o quien así lo decida, pueden ir a Brasil sin problemas. También, claro está, se puede ingresar a la Argentina sin control. Es parte de la forma de vida de dos ciudades espejo separadas, en este caso, por una cañada y un fino riacho.

Con solo preguntar en el centro del pueblo es posible llegar a una zona, a no más de 600 metros de los controles fronterizos, donde los habitantes construyeron un pequeño puente con dos troncos acostados y algunas maderas por encima. Cinco pasos y algo de equilibrio; bienvenidos a Brasil. Algo más al sur está Bernardo de Irigoyen. Allí no hay ningún accidente geográfico que divida. En la vereda par, Argentina; en la impar, Brasil. Aquel particular sitio, similar a Chuí o Chuy, según el lector esté parado en Brasil o en Uruguay, requirió un cuidado distinto. Un gendarme, provisto de un arma larga, fue dispuesto cada 200 metros en esa avenida en la cual con solo bajar el cordón se cambia de país. “Estamos solo para amedrentar, no hay posibilidades de hacer demasiado. Imagine que si usted hace un metro yo no tengo jurisdicción”, se confesó uno de ellos mientras anotaba, con poco sentido práctico, el nombre y el documento de este cronista que estaba en suelo argentino.

En el centro, el paso internacional está cerrado. El Parque de la Integración, contiguo a la Aduana, es de libre acceso. Hay un puesto de Gendarmería en el medio, pero los habitantes van y vienen. A diferencia de otros lugares limítrofes, no hay un incesante traspaso de un lado a otro. Es demasiada la naturalidad como para que cruzar la calle sea algo excepcional, por más pandemia que haya. En Misiones, la frontera y el tráfico ilegal son moneda corriente. No son pocos los que se quejan de algunas medidas que terminan por desarmar proyectos de vigilancia. “Nosotros compramos dos lanchas que patrullaban la zona del Paraná -recuerda Bullrich-. Son muy rápidas y sirven para ganarles a las de los contrabandistas. Además, llegan a la costa, no es necesario que los agentes se bajen en el agua”. Se refiere a las embarcaciones especiales Shalgag MKII, que fueron bautizadas Guaraní y Mataco. Fueron fabricadas especialmente en Israel para custodiar cerca de mil kilómetros de frontera y quedaron en manos de la Prefectura. “Las mandaron a Rosario y les quitaron las armas. Las convirtieron en lanchitas”, ironizó Bullrich. Ahora ya son un recuerdo en aquella frontera caliente. Los paseros usan radios y se avisan si salen las lanchas de Gendarmería para quedarse en aguas paraguayas hasta que la patrulla pase. Hay un manual para evitar los controles. Todos saben lo que sucede, nadie se sorprende. Mientras, se hacen negocios o se subsiste con una changa.

PIRAY. Contrabandistas atacan a prefecturianos con piedras.

Fuente: La Nación.